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París desde acá

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por Alejandro Rozitchner 

     En una época mi chiste intelectual favorito era decir que para darse cuenta de si una novela era latinoamericana había que fijarse si transcurría en París. La aventura del letrado criollo, representada en la de sus personajes, era lo vivido en esa ciudad. También de lo no vivido, porque la ciudad solía ser el escenario de un sueño paralelo que no tocaba demasiado a la comunidad nativa. Ser lateral en París era más interesante que ser central en las ciudades de origen, ciudades reales en las que los problemas se conocen y padecen, porque son propios, y no se puede escapar de ellos o estetizarlos demasiado.

     Si París fue para muchas generaciones el cielo de una existencia superior, tal vez porque era tan linda que el sueño parecía realidad, hasta que, si corrían con suerte, se daban cuenta que los árboles son árboles en todas partes, y las nubes también, y las personas, y podían volver.

      A mí, el París que más me gusta es el que muestra una increíble capacidad de amor invertida en cada detalle de la ciudad. París es una ciudad querida a morir por los suyos, que han logrado un objeto comunitario resplandeciente y enamorador.

     Las otras tres dimensiones apabullantes de la ciudad que nos enseñó tanto a todos son la sensualidad de sus habitantes, su estilo -esa forma de naturalidad que acepta incluso cierta falta de higiene personal como parte legítima y propia-, y la sensación de estar en una de las ciudades que crearon al mundo. Aunque nunca hubo buen rock francés, al menos no comparado con el que hay en un país menor como la Argentina, se camina, siente y disfruta un mundo lleno de huellas del proceso de desarrollo humano.

     La decisión de conservar tiene su lado valioso (es sensible la continuidad con el pasado) y su lado extenuante (tanto fue vivido aquí, tanto y tan importante, que no tiene uno nada que hacer o decir que valga la pena). Para quien va y no se queda esto no supone ningún problema, pero para el que nace allí o pretende armar su aventura de vida en ese contexto es posible que sea una limitación. El peso del pasado suele ser, muchas veces sin que nos demos cuenta, una restricción para la expansión del presente. Y en el presente estamos nosotros, vivos, queriendo cosas que requieren espacio.

     De todas maneras, aun para los que hemos tenido la experiencia de vivir en ella durante unas semanas, la ciudad y su espíritu han entrado en nosotros sobre todo a partir de la literatura. Hace algunos meses, cuando en Buenos Aires la mención del Club de París era una constante en los medios de comunicación, se me ocurrió jugar a hacer una lista de franceses a los que yo pudiera sentir como parte de mi club privado. La lista resultante estuvo conformada básicamente por autores de los que, como tantos compatriotas, he leído muchos libros: Simenon, Proust, Anouilh, Daudet, Breton, Balzac, Simone de Beauvoir, Colette y Anaïs Nïn. El pensamiento francés no puede tanto como la sensualidad que inunda su literatura. Aunque ese universo se pretenda racional, allí domina el amor, y la ciudad lo deja clarísimo en cada una de sus formas.

Comentarios
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Laurita (82.123.116.xxx) 2009-06-01 07:12:53

Muy interesante. Ahora tendrian que pedirle a un autor frances que escriba
"Buenos Aires desde aca"

Laurita
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